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Lo recuerda como una calca. Ellos los paraban, Deme su licencia, su tarjeta de circulación. Generalmente se trataba de un tipo malencarado. Tal vez andaría borracho, amanecido y drogo. Quizá una pistola entre las piernas. O el cuerno en el piso.
Agente de tránsito. Yo le entré a esto porque quería ayudar a la gente, a la sociedá. Dije, Voy a estar en los desfiles. Ayudar a los niños a la hora de entrar y salir a la escuela. Estar en los cruceros haciendo señales.
Porque uno con uniforme, oiga, uno con uniforme, en medio de la calle, tiene poder. Levanta la mano uno y le ordena al trailero que se detenga. Y se detiene oiga. Se detiene porque se detiene. Bueno, se detenía. Porque ahora…
Estaba en la universidad. No le gustaba mucho la escuela pero quería darle gusto a su mamá: terminar la prepa y luego la profesional. No sé, tal vez abogado o contador. No sé, aunque los números nunca se me dieron. Siempre me hago bolas.
En eso que le dicen que le entre a la Academia de Policía. Estaba allá, por la Serdán. Cerca de la Secundaria Federal Número Dos. En la colonia Miguel Alemán. Salió una noticia de que necesitaban tránsitos. Dijeron en los periódicos que una vez terminado el curso tenían automáticamente la plaza en la Policía.
Y pensé. No pues voy a estudiar la prepa y también para agente de tránsito. Y voy a seguir. Eso que ni qué. Termino la prepa y luego le entro a la profesional. Trabajando y estudiando. Pero ya de tránsito.
Los cadetes salían de ahí de mañana, tempranito. El pelo corto. Una boina blanquiazul, de lado. Camisa blanca. Pantalón azul marino. Zapatos boleados: el sol tenía que ponerse en ellos. Cinto negro.
Y cuando hacían ejercicios los sacaban formados. Todos de blanco. Con el puño cerrado, los brazos flexionados, juntitos, hasta terminar en el pecho. Uno-dos-un-dos-uno-dos. Iban cantando no sé qué canción. De esas que tienen ritmo marcial.
Se iban por las calles de la Miguel Alemán. Y luego agarraban para arriba. Para la colonia Rosales. Y de ahí hasta La lomita. Por la Obregón.
Eran otros tiempos. El curso duraba poco. Era duro, pero corto.
Pero no la hizo. La escuela no era para él. Ni él para la escuela: iba de visita, entraba y salía, pero no estudiaba. Puro hacer desmadre. Y la dejé. Me quedé con la de cadete de la Academia. Y ahora soy tránsito. Lo soy desde hace veinte años.
Ah, qué tiempos aquellos. Suspira. Se le inundan los recuerdos. Tienen forma de gotas. Gotas que emergen de sus cavidades. Que se asoman, se presentan, bajando después por caminos siempre distintos, sobre las mejillas. Lo dice moqueando.
Uno los paraba, pero uno los conocía. Este es malandrín, decía uno. Pero pues andabas en tu chamba, se pasaba el alto, andaban en chinga, pasaban zumbando. Y uno pues les decía, Ei párate. Y se paraban.
Trae entre esos dedos que bailan y se entrelazan varios muertos. Todos amigos, compañeros, policías. Este año han matado a seis. Otros veinte, por lo menos, han renunciado. Están duros los chingazos, oiga. La gente tiene miedo. No hay control.
Uno ya no los conoce. No saben quiénes son. Son muchos. Muchos malandrines. Muchos jefes.
Yo me acuerdo que uno los paraba y no sacaban papeles. Sacaban un billete. Lo doblaban por la mitad, a lo largo. Le echaban cocaína en medio. Lo cerraban. Lo hacían churrito. Y se lo daban a uno. Era un regalo.
Ahora no: le quieren vender a uno la coca, sacan la pistola o el cuerno de chivo. Y no le dan nada a uno. Bueno, sí. Plomo.
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