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La agonía del caimán PDF Imprimir E-Mail
Javier Valdez Cárdenas   
Lunes 21 de julio de 2008


Celia Cortés

Hombre maduro, sereno, como muchos habitantes de Culiacán, a Leónides Alfaro le dio por escribir sobre la problemática social desde 1971; pero por prudencia, estrategia de sobrevivencia como muchos culichis, dejó madurar sus historias y las convirtió en novelas.
Es hasta 1996 cuando se decide a publicar sus narraciones haciendo labor también de editor y promotor de su propia obra. Y es hasta este siglo cuando una editorial de Valencia publica dos de sus primeras novelas, de modo que Tierra Blanca es conocida en España y en muchos otros países: son ya más de 30 mil ejemplares vendidos.
Tras escribir varios relatos sobre la problemática local, como La maldición de Malverde y Por amor a Feliciana, decide esta vez abordar otro tema que le preocupa, otra situación política y social: la vida contemporánea en Cuba, no sin desligarlo de sus historias repletas de situaciones humanas que suelen ser usuales en la vida cotidiana de mucha gente común: La agonía del Caimán.
Esta novela empieza por una historia escuchada en un café, en donde un hombre confiesa haber sido derrotado por una aventurera y por ello pierde familia, posesiones. Lo atrapa la situación de ver a un hombre vulnerable y empieza a escribir la trama, pero se topa que le hace falta situar escenarios y circunstancias, por lo que decide visitar Cuba nuevamente. Ese viaje, esa investigación, cambia por completo su proyecto, pues son muchas otras problemáticas las que se ven reflejadas ahora en su novela.
Si hacemos paralelajes de las problemáticas descritas en la narrativa de Leónides Alfaro, claramente vemos lo siguiente: En Sinaloa el narcotráfico creció con el contubernio de gobiernos locales y externos. En Cuba, es la prostitución y el chantaje, así como otras corruptelas las que florecen en un país paupérrimo y bajo la observación silente de quienes están en el poder y quienes de un modo u otros los mantienen en el aislamiento económico.
El Caimán agoniza, personaje y pueblo cubano, ideosincracia sobreviviente o no, donde la diferencia con las nuevas generaciones se refleja: “Ahora somos nosotros los nuevos rebeldes que estamos en contra de las represiones, las limitaciones e incongruencias de los ancianos que defienden a ultranza un sistema caduco, alejado de los aires de modernidad que ahora soplan por el mundo. Qué paradójico. Nuestras exigencias son idénticas a las que ellos enarbolaron en los años cincuenta: libertad, justicia, progreso; es como si el tiempo se hubiera detenido”.
Cuenta Alfaro que Cuba no es la misma que él conoció hace veinte años. Hoy la actitud de los cubanos hacia el turista mexicano es de desconfianza y de buscar siempre cómo sacarle un dólar, reflejo de que no basta que la educación y la salud sean prioridad gubernamental. La alegría se imposta para evitar el dolor del hambre y la desesperanza.
Leónides Alfaro Bedolla, de profesión contador, antes sólo de números, hoy de historias ficticias que reflejen la realidad que le preocupa, pero donde cuida siempre la intimidad de los protagonistas y de su entorno social. Leónides dice que tuvo necesidad de escribir desde los setentas como un desahogo y después, cuando sintió que había apertura posible y como un deber ciudadano, el publicar sus novelas: la denuncia de los hechos. Omitir o cambiar nombres es cuestión de seguridad, como es el caso de muchos habitantes de esta ciudad, pero no podemos hacer oídos sordos a las secuelas, que laceran los corazones de todos, y éstos últimos sí son los verdaderos protagonistas de estas cuitas.
Alfaro Bedolla, culichi cien por ciento, se asume como un escritor que no pretende ser de los mejores, le interesa escribir, quizás de manera ortodoxa, para un público que busca estos escritos. Sabe, y así lo indica, que para publicar no basta o no importa la calidad literaria más que los compadrazgos y las relaciones de los autores con quienes deciden a quién favorecer, por eso mejor se dedicó a ser su propio promotor.
A los gobernantes, indica Leónides Alfaro, las actividades culturales no les prestan importancia. Es labor de revoltosos, disidentes, locos o afeminados. “De cultura los políticos no quieren saber nada, es más, para ellos la cultura no existe, así de sencillo. Si acaso una idea muy errónea, muy arcaica, de que la cultura es cosa de güevones, indolentes, de gente que no produce nada, que no sirve para nada. Esa es la idea de ellos, cuando la realidad, (la cultura) es la esencia de la formación del ser humano. Y es lo único que puede, quizá algún día, cuando les caiga el veinte a los políticos, puede que sea lo único que puede salvar a este país.” Ciertamente, agradezco que ya me estén dando espacios para presentar mis libros, pero cuando alguna vez pedí apoyo para publicar mis libros fue insuficiente. Reconoce también, que otros escritores, algunos apoyados por los gobiernos, han hecho una labor muy importante, tanto escribiendo como forjando nuevos escritores y atrayendo más lectores. Labor que debe continuar, indica Leónides, porque la lectura es una vía por la cual la juventud actual puede acercarse a conocer otras maneras de resolver la realidad actual.
Tenaz en su labor completa: escritor, editor, promotor de su propia obra es como Leónides Alfaro va abriendo camino hacia sus lectores. Son hoy los lectores los que pueden acceder a sus historias, historias en donde se pueden ver reflejados como en la vida diaria.
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klaudia (Unregistered) 2008-08-30 14:17:49

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