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Hoy no, porque hay guerra PDF Imprimir E-Mail
Alejandro Sicairos   
Lunes 21 de julio de 2008

Hoy no, porque hay guerra

Que sobreviva la esperanza


Alejandro Sicairos

Esta tierra se inunda de llanto. Ya casi nadie puede andar en las calles sin topar con el terror. Los vivos tropiezan con los muertos como si el suelo los vomitara. Las plazas comerciales son enormes ratoneras. El gobierno viste las calles verde oliva, pero ese no es el color de la esperanza. Algo se fragua entre el silencio de la gente y el estruendo de las ametralladoras, lanzagranadas y coches bomba. Cualquier cosa puede retar el asombro: decapitados, narcomensajes, matanzas y fachadas de viviendas tiroleadas a balazos. La prensa internacional huele la sangre y se muda a esta zona de conflicto.

Hoy la gente casi no sale de sus casas, o si por necesidad lo hace, debe regresar temprano. Sabe que la crueldad anda suelta, que lo mismo penetra las murallas de zonas residenciales, que las paredes de cartón en los suburbios de las ciudades. Los que pueden huyen hacia cualquier lugar, menos éste. Los compadres conviven en la cochera, los niños juegan en los reducidos patios, los jóvenes cambian los antros por el chat. Hoy no —se dicen cuando se invitan a salir— hoy no porque estamos en guerra.

Sinaloa entero es un campo de batalla. Igual matan a los maestros que a los estudiantes, a los niños o a las mujeres. A los que buscan el pan para los suyos en la agobiante jornada de un taller mecánico, o a los que salen cansados de tanto disfrutar una fiesta de quince años. Tal vez por eso todos corren ante cualquier onomatopeya del trueno, quizá es lo que hace que el piso se convierta en el refugio más seguro. El sentido común se vuelve instinto al saber cualquiera que la clemencia se fue de este territorio.

Aquí no gobiernan ni los legítimos ni los espurios. Manda el que trae más “cuernos de chivo”, bazukas y municiones. Se supo que una vez hubo uno que juró cumplir y hacer cumplir la ley, pero hace tiempo que no se sabe de él. Hay quienes lo han visto allá donde está más tranquilo, cortando listones de calles recién pavimentadas o rodeando los lugares donde podría encontrarse con periodistas. Una vez intentó huir al viejo continente, pero el exceso de carga en la conciencia le evitó poner pies en polvorosa. Fue aquel día en que ocho cadáveres más se agregaron a la cuenta  de un sexenio trágico.

El otro, el que trae una bandera cruzada en el pecho, rara vez viene. De vez en cuando manda mensajes diciendo que faltan muchos años, muchos muertos, muchas lágrimas. Él no sabe que los ojos de los lugareños ya se secaron. Que a como van las cosas, pronto no habrá ni a quien matar. Con decir que ya mero se llevan entre las patas a la esperanza. Ahora que si alguien sobrevive, lo matará de risa si insiste que esta lucha la vamos ganando.

Podría ser que los generales y sus tropas sí la vayan ganando. Vienen desde lejos hambrientos y se les hace agua la boca con pensar en los camarones y callos de hacha que degustarán luego de unos minutos en que juegan a la guerra. Ganan en protección al traer a toda la artillería nacional como guardaespaldas al tiempo que los civiles ni siquiera traen un perro que los cuide. También el personal raso, los tenientes y los coroneles, se sirven con la cuchara grande al entrar a las casas para buscar el guardadito o de plano echarse al hombro una televisión o un horno de microondas. A lo mejor ellos sí son gananciosos.

¿Y Dios? Casi nunca se acuerda de este lugar. Todo indica que le concesionó este solar al diablo. El Obispo lo invoca por radio, periódicos y televisión y nomás falta que le copie a la PGR la estrategia de ofrecer una recompensa a quien lo encuentre. Aunque podría estar demasiado ocupado recibiendo a los inocentes que la ráfaga le envía; otra posibilidad es que alguna bala perdida, de las que saturan el cielo en año nuevo, lo haya puesto convaleciente. Es otro que emigró cuando esto se volvió el infierno.

Los abuelos sufren por dentro. Ellos no soñaron dejar a sus retoños en un paraíso devastado. Sus árboles genealógicos transmutaron en arbustos con espinas. Tantos hijos y nietos sacrificados en vano. Qué decir de los valores destrozados, de los ejemplos pisoteados. Para qué evocar las sillas mecedoras en las banquetas, las caminatas en los malecones o las plazuelas de todos los temas, sin que la mansalva interrumpiera los éxtasis. Los viejos retienen las lágrimas, porque si ellos lloran nunca sobrevivirá la esperanza.

Esta tierra solloza en la desgracia. La gente protesta pero no habla, llora pero no grita, existe pero no vive. Aquí el ruido lo hacen los fusiles. Por eso cuando se oye otro estrépito, la multitud corre. Hasta el trueno de los nublados secos los asusta. Poco ha llovido agua, pero sí demasiado plomo. A no ser por el llanto de los deudos de las víctimas, ya los mantos freáticos ardieran. A no ser por la rabia que todos se tragan, el hambre de venganza haría estragos.

A no ser que esto sea un destino.

 

Re-verso

Un mal sueño nos orilla

a querer hoy despertar.

Y volvemos a hibernar

pues es peor la pesadilla.

 

Aguilar no quiere

No se animó el gobernador Jesús Aguilar Padilla a darle a Sinaloa una ley de avanzada en materia de acceso a la información pública. Es un hecho que quiso dar pequeños pasitos, tímidos balbuceos, pero pensando siempre en lo mismo que horrorizó a Juan Millán cuando creó la Laipes: que nadie, ni ahora ni a futuro, pueda escudriñar en el manejo de los recursos públicos o en los negocios que se hacen a la sombra de los cargos públicos.

Qué lástima porque en la encrucijada de un crimen organizado que lo despoja de autoridad y de propuesta, se niega Aguilar a redireccionar su gestión hacia una obra política que lo salve del peor juicio que la historia haya hecho desde que Antonio Toledo gobernó el estado. La reforma en el ámbito de la apertura le puso en bandeja de plata una oportunidad. Y la echó al basurero en que tiran sus desechos los frívolos.

Se dirá dentro de poco tiempo, lo que empieza a rumorar una sociedad que se vio obligada a darle el privilegio de la duda: llegó a la gubernatura no para ejercer el cargo sino para gozar los beneficios del mismo.

 

Puñalada a Morgan

Derribar el pedestal de líder moral que tiene Rafael Morgan Ríos en el Partido Acción Nacional se ha vuelto, obsesionadamente, la única posibilidad con que cuenta el grupo que dirige Roberto Gastélum Castro para proseguir en el control del PAN. Quién lo diría: son los mismos panistas y no los priistas, los que piden al presidente Felipe Calderón que quite a Morgan de la subsecretaría de la Función Pública. De plano, la política es un cochinero.

Comentarios
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los comentarios
el mitotero (Unregistered) 2008-08-21 13:43:04

no me explico porque ya no salen los comentarios de los lectores o es que ya les llegaron al precio, para que ya no pongan los comentarios hechandoles alos funcionarios y/o autoridades del gob. estatal y municipal, asi como a los disputados (quise decir)diputados. porfa es por ellos, los comentarios, que vuzcaba su pagina.
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