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Culiacán vivió los minutos más trágicos de este infierno

Si la gente que vive en Culiacán piensa, como el gobernador, que la violencia ya tocó fondo, se equivoca. El jueves pasado puede ser una muestra de la bestialidad con que pueden atacar los sicarios del narcotráfico en esta guerra demente que sostienen, y que nadie ha controlado hasta ahora. Lo peor de todo es que la sociedad civil ha quedado en medio del fuego, con un gobierno que no se protege a sí mismo y si más asideros que la esperanza, que se agota.
Javier Valdez
Ocho minutos. Ocho minutos bastaron para dejar al paso una estela mortal, maloliente y terrorífica. Un poco menos de un kilómetro a la redonda: once muertos, entre ellos dos policías, dos catedráticos, un menor...
Todo por un supuesto pistolero. El negocio, según versiones extraoficiales, era operado por un gatillero al servicio del cártel de Sinaloa. Iban tras él. Y en el trajín trepidante del ataque, el comando agresor se llevó a diez personas más.
El taller mecánico Mega 2000, especializado en carrocería y pintura, atendía automóviles oficiales de las policías Ministerial del Estado y Federal. Una de las patrullas de esta corporación, marcada con el número 10584, estaba en la parte frontal del taller.
En el interior del establecimiento, ubicado en Río Ameca 1760, entre Guillermo Prieto y Jesús Terán, en la colonia Ejidal —llamada también Los Pinos—, quedaron seis de los cuerpos, uno de ellos de un menor de edad que trabajaba en el taller. Afuera otros tres, dos de ellos, padre e hijo, catedráticos de la Universidad Autónoma de Sinaloa.
En la trayectoria, que algunos vistieron de persecución, los sicarios siguieron un comportamiento afrentoso, ufano, de reto: bajaron por las angostas y sinuosas calles de la Ejidal hasta el bulevar Zapata, frente a las oficinas centrales de la Policía Ministerial, y dieron vuelta a la izquierda, en Insurgentes, hacia el norte, y pocas cuadras después viraron a la derecha, en la calle Francisco Javier Mina, rumbo al oriente.
Ahí fueron heridos al menos tres policías, dos de ellos murieron.
El comando estaba compuesto por alrededor de diez unidades. Unos sesenta o setenta gatilleros, señalaron versiones de testigos. Todos ellos, aseguran, iban abriéndose paso entre los vehículos, poco después de las 11 de la mañana, a punta de rafagazos.
De la Ejidal
A las 11:20 horas empezó la refriega. Los homicidas llegaron al taller de carrocería Mega 2000 y ultimaron a balazos al supuesto encargado, a sus trabajadores y a tres personas que estaban ahí en calidad de clientes. Seis de los cuerpos quedaron en el interior, entre carros manchados con bondo y herramientas.
En este lugar quedaron los cuerpos de José Alfonso Ochoa Casillas de 61 años, José Alfonso Ochoa Quintero de 37 —padre e hijo, ambos catedráticos de la Facultad de Contabilidad y Administración de la UAS—, Martín Ochoa Medina de 44 años, carrocero, y Jesús Alfonso López Félix de 24 años, de oficio mecánico.
También Cruz Francisco Villela Martínez de 34 años, Efrén González Ramos de 40 años, José Alfredo Armenta González de 38 años y Cristóbal Herrera Camacho de 16, todos ellos carroceros. Además, Francisco Javier Gámiz Camacho, ayudante de carrocero.
Según datos de la Procuraduría General de Justicia del Estado sólo uno de ellos, Armenta González, tiene antecedentes penales por los delitos de lesiones y robo violento, pero no precisan fecha ni lugar en que se cometieron estos delitos.
La agencia segunda del Ministerio Público, especializada en homicidios dolosos, abrió la averiguación previa 100/2008.
De paseo… por la Ministerial
Los homicidas parecían andar de paseo. Se dieron el lujo, suntuoso en esas circunstancias, de pasar por las oficinas centrales de la Policía Ministerial, cuyo inmueble está junto al de C-4, que coordina llamadas de auxilio y emergencias de todas las corporaciones locales.
Ahí frente al inmueble, atacaron a balazos a agentes de la corporación. Uno de ellos, quien fue identificado como Emigdio Rocha Trujillo, perdió la vida en el lugar, dentro de una patrulla, y el otro, el comandante Antonio Rodríguez Murguía, murió cuando era atendido en un hospital.
Otro más, que responde al nombre de Heriberto Regalado, convalece debido a las heridas que sufrió.
Al parecer los homicidas eran perseguidos por los uniformados. Unos sicarios que viajaban en unidades que no encabezaban el convoy los alcanzó y rafagueó sobre el bulevar Zapata. Otra patrulla tuvo el mismo destino, pero por la avenida Insurgentes.
A su paso por Insurgentes, los agresores dispararon en contra de efectivos militares que estaban frente a los edificios donde funcionan los juzgados federales. Ninguno de ellos fue herido, pero al menos una de sus unidades motrices fue perforada por las balas.
Morbo y terror
Minutos de pánico. El tableteo de los fusiles de asalto AK-47 y AR-15, usados por el comando de sicarios, se esparcieron por todo el sector y más allá: los establecimientos comerciales bajaron las cortinas de acero y dejaron a los clientes adentro, el tráfico se vio alterado —sobre todo por el Zapata y la avenida Pascual Orozco— y los moradores de las viviendas cerraron sus puertas y metieron a los niños que jugaban en calles y patios.
Las aceras se llenaron de soldados y policías federales. Los ministeriales y municipales ya estaban ahí. El cordón de seguridad se aplicó, pero para los que ya estaban en la escena, entre ellos los once muertos.
Y los que iban a desayunar, los que trabajaban ahí cerca, los empleados de los negocios de la esquina y de la vuelta, se olvidaron de todo con tal de asistir a la escena fúnebre. Desde lejos, detrás del plástico amarillo, más allá de patrullas y reporteros, se quedaron ahí, bajo el filoso y quemante sol de julio. Y ya eran las 12 pasadas.
300 balas
La numeraria mortal indica que en el lugar —en la colonia Ejidal y por el Zapata— fueron disparadas cerca de 300 balas: 246 casquillos calibre 7.62, para fusil AK-47, conocido como “cuerno de chivo”, y 42 calibre .223, para AR-15, además se localizó un cargador con 48 cartuchos útiles para .223.
Aparentemente, el comando de homicidas iba tras un encargado de Mega 2000, a quien apodan El Caimán, pero que no ha sido identificado oficialmente por las autoridades. Todo por él. Y para sembrar el terror. Y cosechar nueve cadáveres.
“Hay muchas versiones, pero nadie quiere opinar”, dijo un funcionario de la Procuraduría.
Pero las versiones no hacen falta. No en estos casos. La ciudad, con todo y los miles de efectivos militares y los uniformados de la Policía Federal, con todo y el sitio castrense en que la han convertido, fue declarada zona de guerra.
Y esos ocho minutos, largos y sangrientos, trepidantes y sinuosos, como las calles de la Ejidal, no fueron eternos: tatuaron la ciudad.

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