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Agente federal. Buen investigador, pero mejor para encontrar los clavos en que transportaban la droga. Y todavía mejor para contar billetes.
Pleito por los retenes. Los militares monopolizan las revisiones. El retén de El desengaño es propiedad privada: ellos y solo ellos detienen automóviles y camiones, nadie más.
Los federales apestan. Váyase pa’llá, quítese de aquí, búsquese otro retén, este es nuestro, le dice un oficial del Ejército al afi. Y se lo repite al agente del Ministerio Público Federal. Aquí nomás nosotros, a la chingada pa’otro lado.
Pusieron retenes por su cuenta. Y cada retén una regañada. Los soldados llegaban, revisaban armas, permisos, oficios de comisión, uniformes, identidades.
Pensaron cómo le hacemos para que estos cabrones no estén chingando. Cómo. Ya sé. Hay que elaborar un oficio de comisión basado en una denuncia anónima sobre tal vehículo, tal carretera, a tales horas, que va a llevar droga. Hoja membretada, sello y firma.
Un vehículo a pocos kilómetros del retén, en ambos sentidos. Si pasan los soldados, avísame. Y avisaban. Y preparaban todo. Ai vienen estos cabrones, saca los papeles.
No habían agarrado nada hasta que les cayó ese camión rabón. Buen tino y ojo y olfato. Saca esas cajas. Mueve los costales. Haz esto para acá. Bájalo. Y pum, que le atina: yerba en uno de los costados, varios cientos de kilos.
Mmm. Pensó. Apoyó los dedos de la mano derecha en la barbilla lampiña. Fue como si se le prendiera el foco. Hay más. Estoy seguro que hay más. A ver, revisa aquí. Mueve estos paquetes y baja aquellos. Y órale: otro guato de mariguana asomó entre la carga.
Y a bajar todo. Dos detenidos, el camión había que asegurarlo, junto con la mota. En eso andaban, preparando su regreso a la base de la Policía Federal, para el papeleo, cuando les llegó un señor joven.
El tipo caminaba con seguridad. De mediana estatura, escondido bajo esa tejana y unos grandes, modernos e impecables lentes oscuros.
Ei, párele. Vamos platicando. Cuánto por la carga, el camión, los detenidos.
El agente no la pensó. Le apareció un signo de pesos, pero con raya doble, en las pupilas: dame 500 mil dólares.
Regresó al carro, uno de esos largos, blancos, que parecen flotar, que se mueven sin tocar el suelo, sin hacer ruido. Sacó de la cajuela dos maletines. Son 500 mil. Trueque consumado.
Clin, se oyó por dentro. Sintió como aquel sonido de las cajas registradoras de los supermercados. Pensó en las borracheras, carro nuevo, casa, viajes. Todo lo que iba a hacer con tanto dólar. No le alcanzó la mente para contar sus adquisiciones.
Se apuró para llegar a la oficina. Cuéntalos, le dijo a su ayudante. Y sacó la máquina para contar billetes. No se activó. Tráete otra. La trajo. No se activó, no sirve. Le llamó a un amigo suyo, empleado bancario: si no cuenta la máquina es por el peso y si no trae peso es que son falsos.
A ver. Se puso nervioso, histérico. Le temblaban las manos, los dedos, los cachetes. A ver, arráncate a un banco, checa esto. No fue a cambiarlo, no se animó. Le dijo a uno del mostrador, quiero ver si es falso.
Sacó un plumón marcador, de esos que no rayan pero revelan. Es falso. No puede ser, le dijo. Es falso. Sacó otro y otro y otro. Falsos. Todos falsos.
Se lo dijo al federal. Nos chingaron. No sirven. No pesan. No valen… ¿Tomaste las placas?
24 de Octubre de 2008
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