García Ramírez. Problema mundial.
El narco enfrentó al poder; ahora lo quiere, dice ex titular de la PGR
>>El Ejército, mal necesario
Para Sergio García Ramírez, ex procurador General de la República en el sexenio de Miguel de la Madrid, ser gobierno es una ambición del narcotráfico. Primero huyó de la autoridad, luego la enfrentó, más tarde la cooptó y ahora quiere ser gobierno; señala que una negociación con el narco tendría consecuencias funestas y advierte que la lucha no podrá ganarse sino con la participación conjunta de todos los países involucrados en el problema, sean productores, de tránsito o consumidores.
De visita en Culiacán, donde disertó la conferencia magistral Reforma Constitucional del Sistema de Justicia Penal, Sergio García Ramírez sostiene que el problema del tráfico ilícito de drogas ha ido creciendo con características muy severas en el curso de varios lustros; los motivos son múltiples: sigue habiendo, como había entonces, pero ahora de una manera muy acentuada, un mercado gigantesco y un lucro enorme para quienes se dedican a este tipo de actividades.
El investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas y presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, señala:
“No ha sido posible detener o moderar siquiera la avidez por las drogas; es un artículo de consumo muy amplio, significa un gran lucro; es un tema de comercio internacional ilícito y tenemos que enfrentar esas circunstancias de una economía insana que nos han estado pesando desde hace muchos años”.
—Usted fue procurador General de la República en el sexenio de Miguel de la Madrid, y si no mal recuerdo, fue el primer presidente que dijo: “El narcotráfico es un problema de seguridad nacional”. ¿Qué estaba diciendo el presidente? —Cualquier delincuencia de esta dimensión, con estas características, deja de ser un pequeño problema doméstico, de una ciudad o un estado y se convierte en un problema para un país, que puede erosionar las instituciones de ese país, que puede vulnerar la capacidad de ese país soberano y que puede generarle serios conflictos, internos y externos; esa es lo que podríamos llamar, creo yo, una cuestión de seguridad nacional. Cuando una actividad ilícita trasciende ciertos límites convencionales, conocidos, manejables, controlables y excede esos límites, creo yo que es válido hablar de un problema de seguridad nacional.
—¿En qué ha fallado el Gobierno? —Yo creo que el Gobierno ha tenido aciertos y yerros también; creo que ha hecho un esfuerzo enorme, muchas instituciones lo han hecho para combatir el narcotráfico; muchas personas han perdido la vida en esta lucha, pero no ha sido suficiente porque hay factores que lo propician y que están más allá del control de un gobierno nacional…
—¿Cuáles? —El consumo de la droga. Por el enorme mercado de la droga no veo yo cómo el Estado mexicano, con sus excelencias y sus deficiencias, controle efectivamente el consumo. El gobierno mexicano puede hacer grandes esfuerzos, pero sobre lo que no tiene ningún control es sobre el consumo de la droga; no puede moderar, no puede frenar ese atractivo que ofrecen las drogas para un mercado gigantesco.
—Hay una creencia, nosotros mismos la tenemos, y es que el gobierno mexicano, en distintas etapas, de distintas formas ha negociado con el narcotráfico. —Yo no tuve esa experiencia, no la tuve nunca cuando fui procurador de la República; semejante posibilidad me hubiera parecido absolutamente reprochable, reprobable; entonces no conozco porque nunca participé en este tipo de negociaciones ni se hicieron por la autoridad; tampoco conozco que se hayan hecho ahora, me parecería muy lamentable porque una negociación con el crimen organizado sería muy peligrosa, muy improcedente y muy impropia de un Estado democrático, de un estado de derecho; el estado de derecho tiene que manejarse, para seguirlo siendo, con los instrumentos que le brinda la ley, que son muy poderosos; no creo que tenga que entrar en negociaciones con la delincuencia, sería muy resbaladizo y peligroso; me temo que las consecuencias podrían ser funestas.
—En algunas ocasiones usted ha dicho que el Ejército mexicano no debiera estar en la primera línea de esta lucha… —Yo creo que cada institución tiene un qué hacer conforme a la Constitución y el Ejército tiene la suya, la Policía tiene la suya, el Ministerio Público la suya. Cuando yo fui titular de la PGR, tuve una estrecha relación con el Ejército y ésta fue positiva; la autoridad civil en muchas etapas y, ahora mismo, ha requerido el apoyo militar para realizar acciones que sola no podría realizar con eficacia; el combate a los plantíos ilícitos por ejemplo. En este inmenso país que es México, solamente a cargo de la Policía sería poco menos que imposible erradicarlos; entonces se recababa el apoyo del Ejército; esto ocurrió y sigue ocurriendo. Ahora, ante un problema de delincuencia y de criminalidad lo que tenemos que lograr es el fortalecimiento de la corporación que está constitucionalmente llamada a investigar delitos y a colaborar con el Ministerio Público, y ésta es la Policía; necesitamos un mejoramiento radical, profundo, verdadero de la institución policial, una estructura de inteligencia policiaca que permita librar batallas con éxito.
—¿Debe el Ejército retirarse de la primera línea? —Yo no pienso que en este momento sea recomendable sugerir que el Ejército se retire de la lucha contra el narcotráfico; no es posible, no es factible, sería hasta peligroso para la sociedad, pero sí me parece que la tendencia debe ser, y creo que ya lo han dicho las autoridades, que el Ejército paulatinamente retorne a sus funciones naturales y la Policía, fortalecida, asuma el manejo total del problema.
—Cuando ocurrieron los granadazos en Morelia se dijo que habíamos entrado en una nueva etapa de la violencia en México. —Yo estoy viendo con una enorme preocupación esta violencia exacerbada, extrema, no solamente el tema de las granadas, que se asemeja mucho a una conducta terrorista… Por eso hay que fortalecer esta lucha con un proceso de reforma institucional. En lo que no se puede poner mucha esperanza es en que ciertas reformas constitucionales o ciertas reformas legales nos van a dar la solución; a veces esperamos demasiado de las reformas a la Constitución, que el juicio oral, etcétera. Es cierto que algunas han sido muy progresistas y otras muy autoritarias, pero esto no va a ser la llave de solución más que muy parcial frente a un problema que requiere de grandes acciones institucionales, más que de vistosas reformas constitucionales. No soy partidarios del inmovilismo normativo, pero nos hemos ilusionado mucho con que las leyes nos van a dar por sí mismas respuestas que no están en condiciones de dar.
—Los expertos hablan de dos aspectos que no se han tocado en la lucha contra el narcotráfico, uno de ellos es la narcopolítica… que el presidente lo reconoció ahora después de los granadazos en Morelia… —Yo tengo mi propia manera de ver este asunto. Tenemos que profundizar un poco en la relación que históricamente se ha dado entre el delincuente y la autoridad. En épocas pasadas, el delincuente huía de la autoridad. La autoridad y el delincuente estaban claramente diferenciados y uno perseguía al otro, y el delincuente tenía que huir; luego el delincuente se voltea y no huye, enfrenta a la autoridad, que sigue estando claramente diferenciada del delincuente; luego, con el tiempo, el delincuente descubre que no hay necesidad ni de huir ni de enfrentar, que tal vez puede captar la voluntad de la autoridad a través de mecanismos de corrupción. Y más adelante, ya con más asesoría, más organizado, el delincuente piensa en dar el siguiente paso que no es ni huir, ni enfrentar ni cooptar; el siguiente paso es convertirse en autoridad, ser autoridad.
“A mí me impresiona mucho una expresión de un presidente de un país sudamericano que decía: ‘Corremos el riesgo de que el narcotráfico gane posiciones por la vía democrática’; me parecía raro que el narcotráfico podía ganar posiciones por esa vía, pero sí, sí puede hacerlo, porque tiene recursos para ganarse muchas voluntades y para pretender ya no solamente pagar al gobernante, a la autoridad, al funcionario, sino ser autoridad, ser funcionario, ser gobernante: es una ambición del narcotráfico. Y ahí está el problema”.
—También se habla ya de la feudalización del narcotráfico que consiste en que el narco se va apoderando de municipios, luego de entidades… —Supongo que esos estudiosos tienen elementos para decirlo; yo de lo que hablo es de lo que me parece que es obvio: una tendencia natural a tratar de obtener posiciones de poder público, como también de manejo económico y social.
—Ese es el otro asunto ¿ha hecho el Gobierno lo suficiente en materia de lavado de dinero, que es el otro aspecto, se afirma, no se ha atacado con contundencia? —Yo no podría decir que no se ha atacado; este tipo de afirmaciones “no se ha hecho nada”, “no se ha atacado” o bien, al revés, “se ha hecho todo”, son cuestionables. Creo que aunque no sea muy impactante y no venda mucho, vale la pena reconocer que unas cosas se han hecho y que se han tenido ciertos éxitos y otros no; pero sería pueril decir que esa lucha ha dado espléndidos resultados, porque si esto fuera cierto no estaríamos remitiendo al Congreso de la Unión nuevas iniciativas para combatir el lavado de dinero…
—Ahí viene la Ley de Extinción de Dominio… —Sí, que me parece una ley muy autoritaria, que va más allá del punto al que debe llegarse en un estado de derecho, pero independientemente de analizar esa ley, digo que si se hubieran logrado resultados en materia de lavado, esa ley saldría sobrando. Entonces esto es una confesión de que no se ha conseguido ¿pero en algún país se habrá conseguido? Finalmente México, siendo un gran país, somos un pequeño territorio en el cosmos de las grandes batallas contra la delincuencia organizada y el narcotráfico. No podemos ganar aquí la batalla del mundo, tenemos que librar la nuestra, pero tenemos que librarla con otros.
—¿Es una fatalidad el narcotráfico? —No, no es una fatalidad, es simplemente un diagnóstico, es el resultado de mi propia experiencia; esta lucha tenemos que darla muchos con la certeza de que muchos podemos ganarla a escala mundial porque el problema ya no es de este barrio, de esta ciudad, de este estado, de este país, sino que es un problema del mundo entero. Por eso digo, que si esta batalla no se da de buena voluntad por el mundo entero, nadie la va a ganar en su pequeño territorio.