Javier Valdez
Fue una farsa: en la colonia Universitarios no ocurrió un enfrentamiento, sino una ejecución. En las fachadas de las viviendas del lado contrario a la casa donde ocurrió la supuesta refriega no hay indicios de impactos de bala. Y ni siquiera el portón eléctrico de la vivienda en cuestión, ubicada por la calle Aristóteles 1554, tiene impactos de bala de adentro hacia fuera. Y más: según versiones...
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Y más: según versiones de testigos, los que iniciaron los balazos fueron varios sujetos que llegaron a esta casa antes que los de la Policía Federal, y fueron los que ultimaron a balazos a los jóvenes.
Después, con la llegada de los agentes federales, y luego con el arribo de los efectivos militares –que en total sumaron alrededor de 300 en el sector- todo fue circo y simulación. Los agentes simulaban que se enfrentaban a tiros y rociaron a balazos el inmueble desde diferentes posiciones.
Lo cierto es que no hay indicios de que los hoy occisos –y otros que presuntamente huyeron del lugar, a pesar del cerco policiaco- hayan atacado a balazos a los agentes cuando éstos pasaban por el lugar.
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En el lugar fueron muertos Ezequiel Hernández Hernández, de 27 años; Víctor Manuel Sánchez Ochoa, de 19; Roberto Morales, de 29, y Manuel Navarrete Urtusuástegui, de 27. Además, fueron detenidos los hermanos Carlos Josué y Ángel Eduardo Alaniz Valenzuela.
Ambos fueron sorprendidos por agentes federales cuando transitaban a dos calles del lugar, en una camioneta Cherokee, blanca, placas AHM-9304, y son investigados, como el caso mismo, por la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO).
Dentro del inmueble, según informe de la policía federal, fueron localizados 15 rifles AK-47, un AR-15, ocho cargadores de disco con capacidad para 100 tiros y 65 más para 50 balas cada uno, así como tres vehículos, uno de ellos blindado.
“Ya la hicimos”
Los vecinos de la calle Aristóteles nunca pensaron que les fuera a dar tanto gusto verse ahí, en la calle, en las banquetas, afuera de sus casas, vivos. Estaban felices. Estaban respirando después de la tracatera, que había durado entre 30 y 40 minutos.
Un vecino manifestó que la balacera no empezó cuando llegaron los federales, sino minutos antes, luego de que un grupo de desconocidos arribó en una unidad cuyas características se desconocen, se introdujeron a la casa con otra persona que al parecer llevaban cautiva, y luego dispararon.
Instantes después llegaron los de la Policía Federal. Para entonces, los seis que según la versión oficial lograron huir, salieron por la parte trasera de la vivienda, que llega hasta la calle Parménides, y escaparon.
Una de las versiones indica que fueron éstos quienes ultimaron a balazos a los cuatro jóvenes. Otra información indica que los federales se prestaron al trabajo sucio de este grupo, aparentemente ligado al narcotráfico, simulando el enfrentamiento, a pesar de que los hoy occisos ya habían sido abatidos.
Los vecinos insisten en un sólo sentido: los que estaban adentro nunca dispararon, pero además no resulta lógico que hayan atacado a balazos a las patrullas federales cuando pasaban por ahí, como si se ignorara que esto implicaría que el lugar fuera sitiado por policías y militares, y que por lo tanto no había salida posible.
Además, cuando los sicarios han atacado a policías y militares ha sido desde vehículos en movimiento, aprovechando el factor sorpresa, o bien durante supuestos cateos a inmuebles.
En los baños y recámaras, bajo las mesas de los comedores y detrás de las paredes más recónditas de las viviendas, se resguardaron los vecinos durante la balacera.
Algunos de ellos lograron ver desde las ventanas, tras las rendijas de las protecciones, escondidos detrás de los muros: los policías dispararon hacia la casa, aunque no era posible verla, pues lo hicieron desde posiciones lejanas, tapados por árboles o por construcciones de otras viviendas.
Pero ninguna fachada, cristal, moldura o carrocería de vehículos estacionados o en las cocheras, resultó con impactos de bala. No hubo fuego cruzado, más que el generado por los federales.
El caso era hacer ruido, tronar los cartuchos, vaciar los cargadores. Al final, los propios agentes federales se dedicaron a patear los casquillos, alterando la escena del crimen, y a recogerlos a montones, sin la presencia de un agente del Ministerio Público.
“Era una guerra, una guerra… y cuando terminó, cuando por fin salimos, por allá a las cinco, seis de la tarde, dijimos ‘ya la hicimos, ya salimos de esta’”.
Son los vecinos. Los mismos que gritaron ‘hay niños, no disparen’ cuando empezaron los trancazos. Los que les ordenaron a sus hijas que se habían quedado a medio camino, cuando iban a la tienda o a las tortillas, que se quedaran allá, con fulana y sutana, porque había disparos y habían llegado los soldados.
“Pero no opusieron resistencia, oiga. Ellos llegaron, los federales llegaron, trabaron la puerta y los agredieron, pero no hubo enfrentamiento, no hubo tal. Son mentiras, mentiras”, comentó uno de los vecinos.
Otro lanzó una mentada cuando vio los periódicos y leyó la versión del enfrentamiento: “¡Qué vayan a chingar a su madre, bola de mentirosos!, ¡Los mataron!, ¡Los mataron!”.
Varios de los policías federales se instalaron en la esquina de Aristóteles y Sócrates. Desde este lugar no se ve la fachada de la vivienda marcada con el número 1554. Aún así disparaban una y otra vez. Las otras fachadas, bardas, barandales, árboles y el trazo mismo de la calle impedían ver el inmueble en cuestión, pero aún así jalaron una y otra vez los casquillos. Era el circo.
“Está muy rara la chingadera… ¿a qué le disparaban?”.
Uno de los vecinos dejó que los uniformados entraran a su casa, a revisar. En un descuido y en medio de la confusión, varios de los agentes le apuntaron y cortaron cartucho. Otros cuentan que un civil había permanecido en el interior de una de las patrullas de la PFP, tapado con una toalla blanca, de aspecto joven, robusto y aparentemente de tez blanca. No está entre los dos detenidos y nadie sabe qué fue de él.
Después de que dejaron de escucharse los balazos, un soldado le pidió a una vecina que se metiera. Lo hizo de mala gana y de mala gana la ciudadana le contestó. El de verde le reclamó: esto pasa porque ustedes no toman cartas en el asunto, no les ponen el dedo a esta gente. Y se fue.
Del interior de la vivienda, soldados y policías sacaron dos vehículos, ninguno de los cuales tenía impactos de bala. Eran una camioneta azul, de lujo, grande, y otra blanca, también de lujo, pero más pequeña, de modelo reciente.
Las calcomanías rotas
La casa estaba aparentemente en renta. Así lo decía un anuncio que los supuestos dueños colocaron en la fachada principal, la de Aristóteles. Pero la casa había sido asegurada por la Procuraduría General de la República (PGR) desde hace tres meses, por lo menos, luego de que aparentemente fue cateada por agentes federales.
Las calcomanías estaban ahí, en la parte trasera de la vivienda, que da a la calle Parménides, pero rotas. Partes de los sellos y calcas, en los que se advierte que no deben ser violados y que quien lo haga será sancionado con cárcel, estaban esparcidos en el el suelo, a retazos.
Pero en la vivienda había movimiento. Los jóvenes que la moraban salían eventualmente a barrer la parte frontal o bien al mandado, a las tortillas y a la tienda de la esquina. En su interior, por ambas calles, fueron vistos vehículos de lujo: un mustang gris y un corvette amarillo, con llantas grandes y rines de lujo.
Hubo movimiento a pesar de que el inmueble estaba asegurado. Pero la PGR no se percató o no quiso ver… y por lo tanto, nadie hizo nada.
Los uniformados no dejaron ingresar al inmueble a fotógrafos para que tomaran gráficas del interior. En la foto difundida por la mismo Policía Federal se aprecian los cuatro cuerpos y también los boquetes en las paredes, provocados por los impactos de bala. Pero estos orificios están casi al nivel del piso o a pocos centímetros de éste. Y varios de los cadáveres tienen impactos de bala en la cabeza. Los cuerpos, además, están juntos y tres de ellos quedaron de lado, con las piernas flexionadas, y uno boca arriba.
Las paredes lucen salpicadas de sangre, igual que el piso, que también fue invadido por los mapas rojos.
7 de julio 2008 |