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Escuchó que su amigo le gritaba desde lejos. Sábado en la mañana, desvelo, día de levantarse tarde. Lagañoso y con la sábana untada en el cachete, babeante y somnoliento, se asomó para lanzarle un qué quieres de mala gana.
Dame raite al ocso, le dijo. Se puso un chor y se dejó la camiseta. Metió sus pies en las chanclas y agarró camino.
Su amigo andaba amanecido, borracho y tal vez coco. Salió del ocso apurado: dos bucanas y una pistola escuadra. Qué hiciste cabrón, le preguntó. Nada, nada, tú agarra pa’l rancho, voy a matar a la verga a mis primos. Dale, si no quieres morirte tú también.
En la caseta de El Limón de los Ramos le pidió dinero para el peaje. No traigo. Bríncatela a la chingada. No le hizo caso: se bajó y habló con el encargado. Le explicó que el tipo era peligroso, que andaba armado y no traían lana. El encargado se negó.
El otro vio desde el asiento del copiloto. Sacó la pistola y la blandió. Déjame pasar o también a ti te mato. El empleado dio la instrucción, mientras el conductor, queriéndose esconder, vio que los guachos ni cuenta se dieron del aspaviento que traía el loco aquel.
Lo conocía desde morro. Sabía de sus pedas, la coca, el gusto por los güisquis y las amanecidas con la banda y las putas. Pero no pasaba de ahí. Hasta esa mañana.
En el rancho le dio instrucciones agarra pa’cá, da vuelta aquí, a la chingada pa’llá. Llegando a la casa de sus primos abrió la puerta de tres plomazos. Ahí, en la sala, justo donde dos días antes habían velado a otro primo, se paró y empezó a disparar de nuevo.
Ese muerto también era suyo. Le había dado piso dos días antes a plomazos porque el bato miró muy feo a su esposa, como queriendo devorarla.
Cuando oyeron el griterío que traía y los balazos, sus primos salieron volando: corrieron despavoridos, saltaron la cerca, alcanzaron el terreno trasero y luego la calle, levantando polvo, manoteando y buscando escondites.
Terminó en el patio largo, arbolado, sentado en un pedazo de tronco.
El descuido fue aprovechado por su acompañante. Cuando vio que se quedó quieto, disparando a diestra y siniestra, instalado, echando madres, perforando el viento, huyó también.
Esculcó bajo los asientos, sangró el cenicero, los intersticios de tapetes, puertas, aditamentos, la palanca de los cambios, el tablero: encontró monedas y completó el peaje en la caseta de cobro.
Logró llegar a Culiacán, todavía con las piernas flaqueándole. Encontró a su carnal mayor, era el jefe, el que mandaba, el narco sereno y decidido. Fíjate que pasó esto, tu hermano… lo interrumpió. Ya lo sé todo, me acaban de llamar los policías.
Le contó que los agentes de la policía se enteraron de la balacera que traía. Lo conocían bien, les caía a toda madre, pero tenían que someterlo y detenerlo. Fue difícil porque al primer acercamiento les disparaba y no con mala puntería.
Ellos no quisieron desenfundar pero no tuvieron otra. Repelieron la agresión, pero no le tiraban a dar: al piso, las piedras, los trozos de cemento como rompecabezas. Querían amedrentarlo. Una de las balas rebotó y le dio en el corazón. Ni modo.
Al día siguiente, entre la cruda y el desvelo, se enfiló al ocso, a saldar cuentas. Sí, sí, le dijeron los del supercito, que ya lo conocían. Te vimos que estabas en el carro. Les vengo a pagar. Esto es por los dos bucanas y ai nos vemos.
No, no, lo espetaron. También agarró una caja de cigarros.
18 de marzo de 2010. |