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Hasta siempre, Carlos PDF Imprimir E-Mail
Redacción   
Lunes 08 de marzo de 2010

2005 en Mazatlán. Cena con los amigos.

>>Montemayor y Ríodoce, evocación del amigo e intelectual solidario

Conocimos a Carlos Montemayor en febrero de 2005, con motivo de nuestro segundo aniversario. Fue Carlos Monsiváis, que nos había acompañado un año antes, quien nos sugirió que invitáramos al poeta y hasta se ofreció para hacerle la primera llamada. Lo demás fue ponernos de acuerdo en el tema de sus conferencias, que serían en Culiacán y Mazatlán.

Lo recibimos con una cena en el Palomar de los pobres. No había mucho presupuesto, así que pedimos permiso para descorchar sin costo adicional una botella de vino tinto y otra de Johnnie Walker. Desde ese primer contacto con Carlos, descubrimos a un hombre que más allá de sus estrellas conquistadas, se mantenía humilde y firme, pegado a la tierra que pisaba.

Después sería pródigo en gestos de sencillez, de sentido del humor y de solidaridad. Para Ríodoce, conocer a Carlos Montemayor ha sido una de las más grandes satisfacciones que hemos tenido desde que zarpamos.

Por eso la tristeza que nos embargó a todos, como a muchos, miles en México, que no solo conocen su obra, sino que conocieron también al ser humano.

Adoraba la música. Después de su conferencia en Culiacán nos dirigimos al puerto en una camioneta que nos había prestado otro gran amigo, Ramón Espinoza, muerto también hace apenas unos meses, y que se hermanaba con Carlos por su generosidad. Domingo Lozano, casi un hermano de Ramón, iba al volante y Carlos le pidió que pusiera un disco de pistas que llevaba en su maletín y que había sacado con misteriosa parsimonia. Nos quedamos atónitos. De pronto, Carlos empezó a cantar varias de ópera mientras nos explicaba las bondades y maravillas de lo que los italianos llaman el bel canto. Esa noche, después de dar su conferencia en el patio del Museo de las Artes, cenamos en casa de José Ángel Pescador y nos acompañaron, entre otros, don Julio Berdegué (qepd), Cesar Carvajal Espinoza de los Monteros, Pedro Brito y Nino Gallegos.

****

Carlos recién había publicado Las armas del alba (2003), una novela histórica que reconstruye el ataque a la guarnición militar de Ciudad Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965, por un pequeño grupo de guerrilleros, y trabajaba ya La fuga, que mostraría las vicisitudes del escape de Ramón Mendoza —uno de los combatientes que atacaron el cuartel—, y que había sido preso en combate en 1966. Cuando Ramón Mendoza se fugó del penal, salió por las costas de Nayarit, pasó por Culiacán y subió por Badiraguato para regresar a su tierra, Chihuahua.

En 2006 Montemayor nos habló para que lo ayudáramos a conocer la sierra de Badiraguato, porque quería recrear el paso de Ramón Mendoza por esa tierra indómita. Lo llevó Alejandro Sicairos y dice que Carlos se quedó fascinado por la sierrita que tenía enfrente: “Es como un río de piedras”, le comentó. “Me extraña que te maraville, porque eres de Chihuahua, conoces Guerrero”, reviró el periodista. “Son distintas, todas las sierras son distintas”, le dijo, con su voz profunda.

En noviembre de 2007 Carlos Montemayor presentó su nuevo libro en el Casino de la Cultura. Estaba fascinado. Luego de explicar los cómos y los porqués de su obra, leyó varias partes a petición de los asistentes. Al día siguiente hizo lo mismo en Guasave y regresó a Culiacán para ofrecer un concierto interpretando canciones de María Grever y acompañado del pianista Antonio Bravo, su amigo entrañable, y con quien compartimos también el pan y la sal.

Para entonces las relaciones con Montemayor habían rebasado a punta de convivencia y confianza los límites de la formalidad. Conocimos, frente al café, el whisky de mediodía —uno de sus rituales preferidos— y sus letras valientes e implacables, algunos relatos de su infancia y juventud en Parral, Chihuahua. Ahí, alrededor de la mesa, se mostraba diáfano y nostálgico al hablar de sus primeras letras, las vírgenes, sus ilusiones de entonces, tibias aún, vigentes.

De un finísimo sentido del humor, siempre nos acompañaron las bromas en los encuentros con el escritor. “Y no me grites”, le decía a Javier Valdez, para luego soltar la carcajada. “¿Cómo los aguantas Cayetano?”

Junto con Carlos nos entristeció semanas después la muerte de Ramón Mendoza, en el amanecer del 10 de enero de 2008, cuando personaje y autor tenían todavía citas pendientes para presentar La Fuga en la ciudad de México. “Pocas veces —escribió Montemayor— un novelista tiene el privilegio de presentar un libro acompañado de su personaje central. Ese privilegio lo viví con Ramón Mendoza”.

***

La próxima cita con Carlos sería en 2008, a propósito del Foro Internacional sobre Drogas Ilícitas que organizamos con motivo de nuestro quinto aniversario, y del cual el autor de La guerrilla recurrente fue también convocante. Carlos preparó para esa ocasión la conferencia magistral Narcotráfico y militarización, donde calificaba la supuesta guerra de Felipe Calderón contra el narcotráfico, como una farsa, pues atacaba solo el trasiego de la droga, pero no los otros eslabones que forman parte de un proceso global.

“No existe esa lucha total contra el narcotráfico, no es cierto, es una mentira, una retórica, es un espejismo, porque son tantos los circuitos, tantos los eslabones, tantas las facetas que hay en el proceso total del narcotráfico, que la mayoría quedan impunes”.

Carlos Montemayor nos insistió que preparáramos una declaración conjunta, pero entre la desorganización y los disensos, la declaración quedó solo en el intento. Fue él quien clausuró el Foro luego de dos días de deliberaciones.

Después de eso continuaron las comunicaciones entre Carlos y Ríodoce. En septiembre de ese mismo año le escribimos pidiéndole una opinión sobre los atentados del 15 en el centro de Morelia y nos atendió generosamente, como siempre.

***

El viernes 26 leímos con emoción la nota de La Jornada que anunciaba un nuevo libro de Carlos Montemayor, La violencia de Estado en México, del cual publicaba un avance. Lo comentamos en la redacción y hablamos de la vitalidad de Carlos, su incansable vocación para estar produciendo análisis, literatura, poesía, canto…
Pero ese mismo viernes, al mediodía, una noticia dolorosa empezó a recorrer el país: Carlos Montemayor había sido internado en un hospital y se reportaba grave. Tenía cáncer en el estómago. Nos sorprendió, nos preocupó. Javier estaba en la Ciudad de México para presentar su libro Malayerba y le hablamos, que averiguara la salud de Montemayor, que hablara con sus familiares, que nos hiciera presentes a todos. Fue al hospital y solo pudo hablar con unos sobrinos de Carlos; le dijeron que estaba grave, que solo quedaba rezar. Horas después, la madrugada del domingo, murió.

La última ocasión que nos comunicamos con él fue cuando manos criminales lanzaron una granada a Ríodoce:

Estimado Carlos:
Como siempre te saludo en mi nombre y el de mis compañeros. Ahora, además, para comunicarte (si es que no estás enterado ya) que la madrugada del lunes lanzaron una granada al edificio que alberga a Ríodoce. No hubo heridos, solo daños materiales menores. Pusimos denuncia ante la Procuraduría de Justicia y ya se está integrando una averiguación.
Deseábamos comentártelo para que estuvieras enterado, pues eres parte de nosotros.

Ya para entonces sabía de su mal.
 

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