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Quién sabe por qué, pero le daba por meter a punta de chingazos, cintarazos y mentadas a los muchachos cuando los encontraba en la calle, en la esquina, afuera de sus casas, después de las nueve de la noche.
Por eso le decían “el papá de la colonia”.
No podía ver a los morros afuera, cotorreando, saboreando una Coca con pan, a esa hora o después, porque se los echaba: órale cabrones, pa’dentro, qué chingados están haciendo aquí afuera, a esta hora.
Pasaba en su camioneta. Parecía patrullero juvenil y él con sus redadas. Siempre andaba con dos o tres. Todos sabían en la colonia que el bato era narco, matón, pistolero, gomero. Y detenía la marcha cuando veía las bolitas de jóvenes.
Toque de queda en el sector. El ruido del motor alterado serpenteando las calles, los gritos del sujeto ese, los destellos sonoros de los latigazos y cintarazos en piernas y espalda; los muchachos gritando, Aguas, aguas, ahí viene este loco, vámonos.
Todos se levantaban de la banqueta, despegaban las nalgas de la banca de la tienda de la esquina. Abandonaban refrescos a medio tomar. No soltaban el pan ni las Sabritas. A correr. Corran, corran, apúrate, allá viene, lo escuché, trae un desmadre, anda por la otra cuadra.
Las bolitas se juntaban temprano, a eso de las seis. Jugaban futbol o beisbol. Chavos de secundaria y prepa. De mezclilla y pantalones cortos y hechizos, logrados de trozar las mangas. Camisas desfajadas, pelo largo.
Temprano todavía para la barba. Asomándose apenas el bigote. Nada de güildrot: hay que dejar el pelo suelto, libre, que caiga en los hombros, que cubra las orejas.
Zapatos lustrados como espejos. Bostonianos de preferencia. diquis con valenciana, de patoles bien marcados por la plancha. Todos en cuclillas, en bola, en la esquina. Queriendo jugar a la rebeldía, a ser grandes, atisbando, guiñándole al vicio: un bote de cerveza, tal vez, un cigarro para todos. Te encargo las tres, decía uno, para que le pasaran el último toque antes del filtro.
Y entonces era peor si los torcía con cigarro o cerveza, si percibía el olor o veía cerca la colilla todavía rojiza, en el suelo, muriendo, dándole los últimos latidos al viento, emanando humo. Era peor. Sacaba la pistola, amenazaba. Sin tirar, sin cortar cartucho. Y todos se cagaban.
Se supo en la cuadra que había matado al hijo de un narco pesado. Bandos contrarios. Le pusieron cola. Le avisaron, Te andan buscando estos cabrones, quieren matarte.
Le armaron trampas de las que siempre salió. Celadas en las que apenas lo rasguñaron. Emboscadas que abortaban.
Esa tarde algo pasó, un descuido, quién sabe. Lo agarró la Policía, dizque tenía una orden de aprehensión. Lo subieron a la patrulla, esposado, rumbo a la cárcel. Iba en la caja de la camioneta por el bulevar Zapata cuando les cerraron el paso.
Él tranquilo, sumiso. Resignado. Miró a su alrededor. Era temprano. Nadie en la calle ni las esquinas. Ni siquiera llegaba la hora de arrear a los plebes, a chingazos. Era hora, en todo caso, de ser arreado: recibir el castigo, los gritos, cintarazos. Los fogonazos.
A él lo bajaron. A los policías los sometieron y desarmaron con facilidad. Parecía que todo estaba apalabrado. Le dijeron, Venimos de parte de fulano. Esto es porque mataste a su hijo. Y le descargaron todos los cartuchos.
24 de febrero de 2010.
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