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Iván Páez   
Lunes 15 de febrero de 2010

 

Me tardé mucho, lo sé, pero ya he comentado que una película de casi tres horas es un impedimento para que vaya a verla, y si a eso le agregamos que es de ciencia ficción, un género que no es de mis preferidos, había, por lo menos, dos elementos que no me permitían decidirme ir a ver Avatar (Estados Unidos-Gran Bretaña/2009).

Aclaro que no es que demerite la cinta, simplemente, mis gustos son otros, aunque estoy consciente de que la nueva película de James Cameron (Titánic, 1997) no es cualquier cosa, de hecho, ahora forma parte de mis favoritas.

Jake Sully (Sam Worthington) llega a Pandora para incorporarse al trabajo que un grupo de terrícolas realiza en ese lugar: toda la información de su hermano, ya muerto, está registrada ahí, porque se pretendía que fuera un “avatar” (mezcla de humano con Na’vi, especie de personas de tres metros, de color azul, que habitan ese planeta).

Las personas procedentes de la tierra no pueden internarse al bosque donde están los nativos, porque morirían al instante, por falta de oxígeno y porque las gigantes criaturas los matarían sin dudarlo.

El interés de estar allá, de los malos, a cargo de Selfridge (Giovanni Ribisi), es apoderarse de un mineral muy valioso, para lo cual le es de gran ayuda el ejército, dirigido por el coronel Quaritch (Stephen Lang), pero el de la Dra. Augustine (Sigourney Weaver), encargada de un proyecto científico, es solo conocer acerca de la vida de los nativos.

En todos los casos, Jake es necesario, por compartir información genética con su hermano, debe meterse a una cápsula que lo conectará a su naturaleza de “avatar”; su cuerpo ya no es el mismo, ahora es como el de los Na’vi, pero sus pensamientos siguen siendo los de él, como humano.

El problema es cuando los intereses de la Dra. Augustine, Selfridge y coronel Quaritch se contraponen y pelean por quedarse con el único nexo entre ellos y los nativos: Jake, pero para entonces este ya está muy metido en asuntos más personales, como enamorar a Neytiri (Zoë Saldana).

Desde luego, y no solo por sus nueve nominaciones a los Oscar (mejor película, director, fotografía, edición, dirección artística, banda sonora original, edición de sonido, mezcla de sonido y efectos visuales), que Avatar es una excelente película.

Para empezar, sus efectos especiales son impresionantes; es tanta su calidad, que uno no distingue entre lo virtual y lo real; los movimientos y los gestos de los personajes son muy similares a los humanos.

Habrá quien la relacione con La guerra de las galaxias; esas montañas colgantes pueden recordar a El castillo vagabundo o Laputa, el castillo en el cielo (ambas de Hayao Miyazaki), el mérito de Cameron es haber integrado, de alguna manera, esas situaciones en una misma cinta y su derroche de tecnología.

Los paisajes virtuales, la secuencia hacia el final, del enfrentamiento entre militares y na’vis, la sensación de Jake de volver a caminar, son algunos de los momentos que hacen más disfrutable la cinta.

Tampoco es que estamos ante lo último en cine, aun cuando Avatar llegue a ser la cinta más taquillera de todos los tiempos y supere a la misma Titánic, por sus nominaciones a los Oscar, su excelente muestra de efectos especiales, y que se convierta en una franquicia muy rentable. Eso sí, no debe dejar de verla… bajo su propia responsabilidad, por supuesto.
 

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