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Editorial
“Parece que fue ayer”, como dice el bolero de Armando Manzanero, pero este febrero Ríodoce cumple siete años de haber salido a la luz pública. Fue en 2003 cuando levamos anclas, —un año marcado por las elecciones federales intermedias después de que Vicente Fox y el PAN le habían arrebatado el poder al PRI—, y lo hicimos más que nada cargados de quimeras y sin más asideros que el viento, el sol en medio de la borrasca.
Durante las elecciones de ese año, nuevos personajes empezaron a probar suerte entre el electorado. Uno de ellos fue Jesús Vizcarra Calderón, quien compitió por el distrito 05 y ganó la elección contra el panista Januario de los Ríos y la perredista Teresa Guerra. Otro priista, Óscar Félix Ochoa, compitió por el distrito 07 y también se llevó el triunfo. Por estos dos priistas se dijo entonces que la narcopolítica había penetrado las campañas, pero las denuncias se consumieron como parte de la retórica usual en un proceso electoral. Años después, los dos serían señalados de forma escandalosa por sus presuntas relaciones con el narcotráfico. El gobernador era Juan Millán Lizárraga y los dos personajes habían sido “palomeados” por él para que contendieran y, aún más, recibieron todo su apoyo para ganar las elecciones.
Otros hechos marcaron el despegue de nuestra pequeña nave. Uno de ellos, de alto impacto, fue el asesinato de Jorge Julián Chávez Castro, apenas dos semanas después de que habíamos zarpado. El ex procurador de justicia y ex alcalde de Culiacán fue asesinado la noche del 17 de febrero cuando llegaba a su casa. Nunca se esclareció el crimen, no se conocieron siquiera los móviles, menos se estableció quién o quiénes ordenaron su muerte, pero el gobierno millanista se apresuró a enterrar el caso creando una medalla al mérito ciudadano, ahora convertida en presea barata que a nadie honra.
Que no se olvide la frase del entonces diputado Jesús Aguilar Padilla, de que con medallas no se haría justicia, que era necesario aclarar el crimen y castigar a los culpables; que ese sería el mejor homenaje a Chávez Castro.
Durante los años que llevaba en el poder Juan Millán, la incidencia del narcotráfico en la realidad sinaloense se había multiplicado, y el tratamiento del tema en nuestras páginas era no solo inevitable sino también imprescindible. Poco a poco fuimos haciendo del narcotráfico uno de los ejes centrales de nuestra línea editorial, tratando siempre de darle a la información enfoques que fueran más allá del simple hecho de anotar muertos en las libretas.
Sabíamos de antemano que si el terreno ya era pantanoso para nosotros, el tema nos podía convertir en un blanco natural del crimen organizado, o de los grupos de poder que abundan en los sótanos y que son intolerantes ante la crítica. Pero Sinaloa se desangraba y el país también. Por esos días, la Segunda Encuesta Nacional sobre Inseguridad nos ubicaba entre los seis estados con mayores índices de violencia.
No era gratuito; los niveles de impunidad eran ya alarmantes y la corrupción policiaca había podrido las estructuras que se suponía estaban para combatir el crimen. Los directivos encargados de la seguridad —Luis Pérez Hernández, Iván Ortega Colmenares y Eduardo Granados Palma— ocupaban su tiempo en hacer negocios y como hienas terminaron por comerse unos a otros.
Corrupción, impunidad, narcotráfico, lavado de dinero, ejecuciones, nuevos ricos, soberbia y cinismo eran los componentes de un sexenio que agonizaba y que terminaron por ponerlo en el cadalso. Un año después Ríodoce registró en sus páginas el repudio con que los sinaloenses despidieron a Juan Millán, un hombre que prometió ser el mejor gobernador de Sinaloa y terminó convertido en uno de los más nefastos.
Ese es el contexto en que nació Ríodoce, un proyecto que se ha ido consolidando aun en escenarios que amenazaban con llevarnos a pique. El año pasado, la madrugada del 7 de septiembre, manos criminales arrojaron una granada en el edificio que alberga las oficinas de nuestro semanario y es hora de que no hay nada que nos indique que el ataque será esclarecido por las autoridades.
Conocíamos de antemano los riesgos y decidimos no cambiar un ápice nuestra línea editorial. Esta es, al final de cuentas, nuestra razón de ser.
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