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Un sexenio que es pesadilla PDF Imprimir E-Mail
Alejandro Sicairos   
Domingo 31 de enero de 2010

Millán y Vizcarra. Fuego y pólvora.

¿Listos para otro espejismo?

El desbordamiento de la violencia en Sinaloa y el alud de la narcopolítica conforman una especie de bomba social cuya mecha —la indignación creciente ante la impunidad— comienza a prender y amenaza con hacer añicos a las encorvadas instituciones y a los pusilánimes gobernantes. Al pie de la letra, como si fuera una profecía maldita, se está cumpliendo aquel pronóstico que inició junto al sexenio de Jesús Aguilar Padilla, el cual preveía un cierre catastrófico con dramáticos saldos para la población y con la extinción de cualquier barrunto de gobernabilidad.

En la tierra de las esperanzas perdidas, lo mismo salen estudiantes a las calles a mendigar algo de justicia para la compañera que murió dos veces arrollada, una por un cafre y otra por la indolencia oficial, que transeúntes atónitos frente a colgados, encobijados y descuartizados con el correspondiente mensaje adjunto que ni falta hace leer para conocer la sentencia brutal dictada para todos.

¿Qué más agregarle a Sinaloa para declarar la derrota política y moral del régimen aguilarista? La escalada criminal que ha llegado a los 15 muertos por día y que supera el número de víctimas que tienen los países en guerra o con situaciones de terrorismo; la mancha de los nexos de políticos con el narcotráfico; los atentados y amenazas contra periodistas y medios de comunicación; los estrepitosos mensajes de la delincuencia organizada junto a cadáveres que denotan saña y reto descomunal; la sensación colectiva de que la ley no sirve ni vale, convierten al estado en una pesadilla cotidiana de la que no se puede despertar.

Y mientras Sinaloa agoniza a causa de todos los males, la camarilla que hace doce años planeó agenciarse la tierra de los once ríos para los más perversos intereses, se pelea hoy por los residuos de una entidad que ya no tiene más que dar, excepto la sangre que emana cada vez que la exprimen los codiciosos. Quién iba a decir que la voracidad sin límite de Juan Millán —cuando en 2004 impuso a Jesús Aguilar como gobernador creyendo que designaba al nuevo gerente del Sinaloa S.A. de C.V.— acabaría con la peor ruptura y el más grave desastre político de todos los tiempos.

Se equivoca el que piensa que estamos viendo solo la reiteración de viejos males y de añejos tiempos. Las calamidades que padece el estado jamás se habían juntado ni numérica ni cronológicamente para crear la sensación de asfixia, del desespero propio de la claustrofobia que invade a la sociedad en general, ya no nada más a la clase baja, sino a los segmentos medios y altos que en coyunturas de peligro habían podido proteger sus bienes y vidas.

¿Había antes el escándalo de la narcopolítica que por adelantado llena de fango el proceso electoral? ¿Existió un crimen que hiciera gala del control de la cosa pública y la saña que busca hundir en el terror a los sinaloenses? ¿Se tenía un aparato de justicia que prefiere denostar a los muertos en vez de investigar el móvil o autoría de los asesinatos? ¿Acaso en 1998 ó 2004 la delincuencia vertebrada habría intentado someter a periodistas y medios como ahora lo hace? ¿Veíamos tan descaradamente a los políticos peleando un cacicazgo? ¿Era tan evidente que las autoridades se sentaran indiferentes en el balcón a ver pasar los cadáveres? ¿Estuvo la gente exasperada por la aplastante impunidad? ¿Estuvieron reducidos los cuerpos de seguridad a simples espectadores o inclusive a reflejarse tan desprotegidos y temerosos como cualquier ciudadano?

Quizá a cada época anterior correspondan uno o más elementos que hayan coexistido, pero este 2010 conjunta todos los componentes capaces de hacer detonar la inconformidad y, en grado extremo, la ira social. Lo más preocupante resulta ser el indiscutible debilitamiento del Gobierno y de quienes lo integran, que se delatan incapaces de ofrecer voluntad política o aptitud ética para ir en ayuda de la población.

Aguilar Padilla no tiene fuerzas, ni ideas, ni ganas, ni mucho menos tiempos para poner orden aquí. Agotado el recurso de las sesiones a puerta cerrada del Consejo Nacional de Seguridad Pública, que en cuanto abandona Sinaloa lo deja a merced de la delincuencia vertebrada, lo que se sigue consiste en reconstruir la confianza en las instancias de Gobierno que, la gente lo dice porque lo sabe, es parte del problema y al menos obstaculiza las soluciones. Siendo así, en medio de la crispación unánime pareciera que ha llegado a su fin la prolongada y quimérica espera por los líderes o estadistas que se la jueguen por el bien de Sinaloa.

Sea lo que fuere, no pasará mucho tiempo para deletrear los otros mensajes, los de los votantes, que dirán si se acabó el tiempo de los que vinieron para hacer negocios jurando que llegaban para velar por los intereses supremos de Sinaloa, o si los electores eligen otros seis años de tribulación para una tierra tantas veces desangrada y traicionada. Falta muy poco para plantarse en la realidad actual y transformarla, o bien ir a otros seis años de monstruosas alucinaciones.

Re-verso

Visto desde esta arista
el circo no trae nada nuevo:
Chuy, el malabarista,
aventará la bomba al relevo.


Tribunal de amigos

Para colmo de males, la designación de cuatro nuevos magistrados del Tribunal Estatal Electoral viene a ser un tiro de gracia a la de por sí maltrecha fe en los órganos que deberán organizar y sancionar la elección del próximo 4 de julio. Pobre Sinaloa, siempre rehén de apetitos políticos y eternamente lejos de los anhelos ciudadanos por la democracia sin adjetivos. La tómbola de los insaciables está repleta de premios: una magistratura para la esposa de Jacinto Pérez, secretario general del Congreso del Estado; otra para un amigo cercano del diputado panista Alejandro Higuera Osuna y una más para un funcionario de la 59 Legislatura.

El respeto al TEE puede esperar para mejor momento pues la prioridad es colocar a los parientes antes de que acabe “el año de Hidalgo”. Anótese el disparate para cuando llegue el momento de medir la legitimidad y neutralidad del Tribunal que, de antemano, va prejuiciado por la sospecha.
De plano, qué cinismo.

Reviviendo al adversario


La división que asoma en el Partido Acción Nacional, por la falta de acuerdo en cuanto al método para elegir al candidato al Gobierno de Sinaloa, le llega como respiración de boca a boca a un PRI que medio asustado por la posibilidad de una real alianza opositora y un poco sonrojado por el estigma tatuado en su candidato Jesús Vizcarra, siente que le dan terapia de reanimación. Aquí es donde el cuento panista se vuelve aburrido por ofrecer capítulos que se han repetido cada seis años.
 

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