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>>Causan destrozos y se roban teléfono y cadena de oro
—¿Y la orden de cateo?
—Aquí la traigo, colgando.
Eran unos cuarenta elementos del Ejército Mexicano adscritos a la Novena Zona Militar, del operativo Culiacán-Navolato. Llegaron hasta esta comunidad de Paredones, a unos 15 kilómetros de la sindicatura de Jesús María, al norte de Culiacán, ese lunes 22.
Los primeros que llegaron hasta la vivienda, unos cinco, fueron amables y le pidieron al único morador que les permitiera revisar el inmueble. Él accedió y los militares ingresaron, revisaron y salieron.
Pero en ese momento, alrededor de las 13:30 horas, llegaron otros efectivos, en total ya eran alrededor de 40. Las unidades motrices, todas de verde olivo, eran cerca de cuatro o cinco. Y todas ellas tenían los números de matrícula o identificación tapados con un trapo blanco.
“Entréguennos las armas”, dijo uno de ellos, altanero, que parecía ser el oficial que iba al frente del operativo. ¿Cuáles?, contestó el señor —cuya identidad se omite por temor a represalias— ¿cuáles?, si no tengo.
El oficial le dijo que querían revisar también la casa de enseguida, propiedad de un familiar de quien los atendía. Les dijo que le dieran tiempo para ir por las llaves porque no las tenía a la mano. El jefe le contestó que no, que de todos modos entrarían a revisar.
—¿Tiene orden de cateo? Preguntó, estupefacto y al mismo tiempo temeroso.
—Aquí la traigo, colgando —le contestó.
Y el oficial y otros dos militares se subieron a la barda e ingresaron a la fuerza. Con palas y barras que estaban en los patios del inmueble, una casa vieja que ha sufrido algunas modificaciones y ampliaciones, abrieron la puerta principal.
Uno de los soldados recorrió cada uno de los rincones de la casa, con la pistola molecular que detecta armas y droga.
Los militares entraron también a una de las recámaras, después de destruir la chapa y despegar el marco de la puerta de la pared. También batieron muebles de la sala y colchones, cobijas y ropa de una de las recámaras. Donde además dañaron una pequeña puerta del closet, que también desprendieron a la fuerza.
En total, los efectivos del Ejército destruyeron tres puertas, entre ellas la principal, de fierro, cuya chapa fue desprendida. Además, según los moradores, se llevaron un teléfono celular marca Motorola, con un valor aproximado de mil pesos, y una cadena de oro de alrededor de 2 mil 500 pesos.
De esto, los propietarios de la vivienda se percataron una vez que los militares se retiraron del lugar.
“Ellos se enojaron mucho porque no encontraron nada, ni armas ni nada, por eso dijeron que iban a volver, y nosotros la verdad tenemos miedo, aunque no hemos hecho nada ilegal, ellos hacen lo que quieren, como pasó esa vez”, señaló uno de los propietarios del inmueble.
Afuera de la vivienda, en la calle, los militares encontraron un casquillo mohoso. Triunfantes, se lo enseñaron a uno de los moradores y dijeron que volverían para revisar de nuevo.
Cuando uno de los familiares les anunció que llamarían a una abogada para que trajera a unos reporteros y un notario, los militares optaron por retirarse. Habían pasado cerca de tres horas esculcándolo todo.
“Nosotros tenemos miedo porque uno está solo allá en la comunidad y llegan ellos y si quieren le pegan a uno sus chingazos, pero queremos denunciarlo porque esto no está bien”.
La familia, señalaron, se dedica a trabajar en el campo, de jornaleros, y en la recolección de estacón para venderlo a los empaques hortícolas.
“¿Cuándo vamos a dar con ellos? ¡Nunca!, porque no se identificaron, taparon las matrículas de las unidades en que venían, pero sí vamos a denunciar estas arbitrariedades… Tenemos miedo y no porque ande uno en cosas malas, sino por estos abusos, porque no se conducen conforme a derecho”, señaló una abogada que acompañó a los afectados.
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